La fábrica de alas

No pierdo la esperanza

Esperamos que el día de los sueños que alimentan nuestros pasos llegue pronto. Lo anhelamos cada día. Y rezamos cada día. Y nos resignamos a sufrir cada mañana al despertarnos, pensando en la venida de esos sueños.

Mientras tanto, dejamos que el sudor de nuestras frentes se haga barro y deforme nuestros ojos, hasta que dejamos de ver aquellos sueños que alentaron nuestros pasos.

Pero seguimos andando, y rezando, y sufriendo, aunque ya no vemos los sueños por los que nos pusimos en camino.

Pero aquellos sueños no mueren. Aquellos sueños sobreviven en algún lugar de nosotros. Porque los sueños verdaderos, aquellos que nacieron firmando nuestra alma, nunca mueren.

Y aceleramos cada vez más. La inconsciencia nos lo exige. Debemos evitar la esquizofrenia a la que nos llevaría hallar de nuevo aquellos sueños que un día conocimos como nuestros.

Y así todo se convierte en una loca lavadora de desamparados sueños de atormentados propietarios, loca lavadora que no cesa de girar. Y cada vez gira más rápido, al ritmo de los pasos de las gentes.

Porque nuestras mentes corren mil veces más que nuestros pasos para no poder escuchar el desconsuelo de aquellos sueños olvidados el día que perdimos nuestros ojos.

Pero no pierdo la esperanza. Porque he sabido de hombres capaces de quedar en pie mientras el resto se humilla ante la obscena hipocresía, esperpéntica falsedad que nos rodea. Sé que no son muchos quienes así han obrado, pero mientras haya un único hombre que lleve por montura su propia quimera, yo seguiré fiel a mi esperanza.

fagondo

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